En la era de los efectos especiales, del 3D, del color y de la animación digital, apostar a una película muda y en blanco y negro suena, al menos, arriesgado; y tal vez, desde el punto de vista comercial lo sea. El francés Michel Hazanavicius logró asombrar a todos con la presentación de "El artista", su última película, en el Festival de Cannes que acaba de cerrarse. Es más que probable que el filme no se convierta en un éxito de público y que, por lo tanto, nunca sea estrenado en las salas comerciales de muchas ciudades, entre ellas, Tucumán. Pero el filme ya ha alcanzado un reconocimiento internacional que lo distingue dentro de la programación de la muestra que concluyó ayer en la Costa Azul, y esto, seguramente, contribuirá a su difusión comercial.

La proyección de "El artista" ha disparado comentarios elogiosos en todos los idiomas; la recreación del ambiente y la estética del cine mudo ha llevado a invocar los nombres de Lang, Murnau, Lubitsch y del primer Hitchcock. Pero además, ha logrado la unánime aprobación de los críticos en la atrevida decisión de prescindir de los diálogos. Con una banda sonora integrada casi exclusivamente por música, la película proscribe los parlamentos y busca en las expresiones y los ademanes ampulosos de los actores la indispensable conexión con la platea. Y, a juzgar por los comentarios de quienes han podido verla, lo logra acabadamente.

La historia que cuenta "El artista" ni siquiera es demasiado original: a fines de la década del '20, un astro del cine mudo no es capaz de adecuarse a las exigencias que plantea la irrupción del sonido en la industria, y ve destruida su carrera. En paralelo, una desconocida actriz a la que el actor auxilió en sus comienzos, se proyecta impensadamente a la fama a partir de la vigencia de la nueva tecnología. El tema evoca dos magníficas películas de los años 50, de géneros muy distintos pero igualmente inolvidables: el drama "El ocaso de una vida" ("Sunset Boulevard") y el delicioso musical "Cantando bajo la lluvia" ("Singing in the rain"). La apuesta de Hazanavicius está en el tratamiento visual y en la decisión audaz de omitir los diálogos hablados para presentar los parlamentos exclusivamente a través de carteles. El realizador, muy popular en su país gracias a la serie de filmes de "OSS 177" (una especie de James Bond galo), confió los roles centrales a Bérénice Bejo y Jean Dujardin (ganador del premio al Mejor Actor en Cannes) y recurrió a figuras de Hollywood como John Goodman, James Cromwell o Penélope Ann Miller para los papeles secundarios.

Como a los argentinos nos gusta tener algo que ver con todas las cosas, ahí está Bérénice Bejo para darnos algo de pertenencia en el fenómeno. Bejo nació en Buenos Aires, y cuando tenía apenas tres años, sus padres se mudaron a París. Allí comenzó su carrera artística, y en los sets de filmación conoció a Hazanavicius, con quien se casó. Esta es la segunda vez que la actriz trabaja a las órdenes de su marido.

Cuando el cine parece depender cada vez más de los aspectos técnicos, resulta más que interesante que una apuesta a la emoción y a la nostalgia gane espacio en la consideración de los espectadores, dominados por los productos generados en el mainstream hollywoodense. Es de esperar que el impulso que Cannes le ha dado a "El artista" alcance para hacerla llegar pronto a las salas locales.